artistas que nos gustan (1)

daualdeu hand printed bags and some artists influences bosses estampades a ma daualdeu i les influencies d'alguns artistes bolsos estampados a mano daualdeu y las influencias de algunos artistas

 

A veces nos pasa que, en algunos de los estampados de nuestros bolsos veganos, una vez acabados, hay algo que nos resulta familiar. Tratamos de recordar y… ¡sí! los trazos o las composiciones nos recuerdan a ciertos artistas que nos gustan. Tal vez te preguntes cuáles de esos creadores se cuelan como sin querer en nuestras imágenes. Si te parece hoy te vamos a hablar de tres de ellos: Malevich, Lissitzky, y Rodchenko. ¿Sigues leyendo?

Cuando alguien se enfrenta a una tarea creativa, aunque pueda parecerlo, nunca empieza de cero porque todos -nosotros, pero también tú- arrastramos muchas influencias. En nuestro caso, al estampar una tela de dau al deu nos influyen muchas cosas, como formas de la naturaleza u otras creadas por manos humanas. Entre estas últimas, claro, la obra de muchos artistas. Antes hemos citado como ejemplos a tres autores que brillaron en la joven Unión Soviética y que nos gustan sobre todo por su uso de las formas geométricas, del color y su forma de componer imágenes.

Kazimir Malevich

Una de las pinturas más famosas de Kazimir Malevich (1879-1935) representa un cuadrado negro sobre fondo blanco y se titula… Cuadrado negro. Estamos de acuerdo, no se puede decir que el título fuera un prodigio de imaginación, pero es que Malevich tampoco pretendía que evocara otra cosa que no fuera la forma geométrica.

En realidad, el título ya era una declaración de intenciones. Con esa obra, de 1915, Malevich proponía que las artes plásticas rompieran con todo lo anterior y empezaran de cero. Sus cuadros no tenían la intención de representar ninguna otra realidad más allá de ciertas formas básicas, un cuadrado, una cruz o un círculo. A esa abstracción extrema de la realidad la llamó suprematismo.

“Al fin y al cabo, no es más que un cuadrado” dirán probablemente hoy algunos viendo esa obra, pero en su momento fue un terremoto que iba más allá de la pintura. Malevich, de hecho, se proponía la creación de un nuevo lenguaje que sirviera para interpretar el nuevo mundo que nacía del desastre de la Primera Guerra Mundial y de la Revolución Soviética de 1917.

En la nueva URSS, el arte era un medio al servicio de la revolución. A una nueva sociedad le correspondían nuevas maneras de expresión que rompieran con la estética realista que se consideraba burguesa. Malevich tomó parte activa en la política artística del nuevo régimen, pero a pesar del seísmo que había causado, el régimen necesitaba otra cosa.

Alexandr Ródchenko

Lo que necesitaban los bolcheviques era una manera de transmitir su mensaje a las masas y sí, el suprematismo de Malevich y de otros como él era nuevo y revolucionario, pero no lo suficientemente asequible. De ahí surgió el constructivismo, que sería en la corriente artística oficial en los primeros años de la era socialista. Según dirían sin pestañear los dirigentes del régimen, los artistas serían “los ingenieros del alma”.

La revolución transformó muchas cosas, pero no consiguió acabar con algo tan humano como las envidias o las críticas ácidas. Cuando Malevich vio una exposición de Aleksandr Ródchenko (1891-1956) se refirió a su estilo, de forma despectiva, como arte de la construcción, y, lo que son las cosas, sin pretenderlo, le dio nombre a una de las tendencias artísticas más importantes de la primera mitad del siglo XX. Rodchenko, en realidad, se había inspirado en el uso de las formas geométricas básicas, en el color y en el minimalismo de Malevich, pero, por decirlo de alguna manera, lo bajó del pedestal.

Cuando estampamos una tela para nuestros bolsos veganos emergen muchas influencias; algunas vienen de artistas como Malevich, Rodchenko o Lissitzky

Este era el verdadero punto de ruptura entre ambas tendencias, porque mientras para los suprematistas la obra tenía un valor en sí misma, para los constructivistas, aun partiendo de una idea parecida, sus obras tenían que servir a un objetivo político. Por eso, Rodchenko, sin renunciar al gusto por las formas geométricas, dulcificó la abstracción extrema de otros artistas.

Pero, para ello, antes tuvo que rematar el trabajo de Malevich y otros, y dar por acabada la pintura. Y, desde luego, si algo no faltaba a aquellos artistas era ambición. En 1921, siguiendo la línea de abstracción más suprematista expuso tres lienzos: uno simplemente rojo, otro amarillo y otro negro. “Reduje la pintura a su conclusión lógica (…) Dije: ‘Todo ha terminado’”, aseguró Rodchenko años más tarde. La pintura, creía, ya no debía servir para representar nada, sino para comunicar la realidad. La realidad socialista, claro.

A partir de ese momento, se volcó en otras formas de expresión y se adentró en el diseño gráfico, el cartelismo, la propaganda y la fotografía, siempre al servicio del objetivo revolucionario. Algunas de sus obras son icónicas y han ejercido una gran influencia en décadas posteriores e incluso hoy.

Entre ellas, puede que te resulte familiar el cartel en que Lilia Brik, musa de las vanguardias rusas –y según algunos agente del NKVD, el precedente del KGB–, llama a la sociedad a la lectura con un poderoso grito “¡Libros!”. Es, en efecto, un icono del momento, en que destacan los dos colores planos que se consideraban los de la revolución -el rojo y el negro- y las formas geométricas. Un símbolo de una explosión creativa que, otra vez, frenó en seco con la reorientación impuesta por el régimen soviético a finales de los años 20.

El Lissitzky

El Lissitzky (1890-1941), el tercero de los autores de los que hablábamos al principio, era un artista revolucionario en el sentido literal. De la misma manera que otros, puso su creatividad al servicio del nuevo régimen, porque creía que el artista era un agente del cambio. Como Malevich, entró en contacto con la Bauhaus alemana en la que influyó y de la que recogió también influencias. Y, como Rodchenko, su obra abarca campos tan dispares como la pintura, la arquitectura, el diseño gráfico y el cartelismo.

Le interesaba unir la pintura y la arquitectura, un interés que cristalizó en lo que se llamó proun, obras en que la geometría y los efectos espaciales eran los protagonistas. Para Lissitzky, sus obras eran -atención- “una estación en el camino de la construcción de una nueva configuración que surge de una tierra abonada por los cadáveres de los cuadros y de sus artistas”.

“Lo nuevo” era, por supuesto, la naciente sociedad soviética, y “los cadáveres de los cuadros y sus artistas” eran las obras anteriores a la revolución pero también el antiguo esquema social. Esa efervescencia revolucionaria, no obstante, tenía fecha de caducidad. Cuando a inicios de los años 30 el estado soviético se había consolidado, ya no hacía falta desafiar al orden establecido, porque ya era socialista. Y ningún estado autoritario está muy predispuesto a convivir con según qué tipo de desafíos.

Lissitzky y muchos otros se vieron obligados a adaptarse. Algunos lo consiguieron, otros se las vieron con la censura y muchos no lograron abrirse camino en ese nuevo mundo. El estalinismo, que se llevó por delante como una apisonadora a muchos de los que habían abierto el camino a la nueva era, condicionó, en el mejor de los casos, a muchos de ellos, y condenó, en el peor, a muchos otros. Malevich, por ejemplo, fue amenazado con la pena de muerte a principios de los años 30 y pasó unos meses en la cárcel, y, en cuanto a Lissitzky, no está claro hasta qué punto colaboró con el régimen, pero a su muerte, su esposa e hijos terminaron en Siberia.

¿Qué habrían hecho esos artistas con internet? ¿Cómo habría influido en su obra y sus ambiciones? Para nosotros, hoy, la red nos permite disfrutar de la pintura de estos y muchos otros artistas al momento. Por eso te invitamos a que lo aproveches y veas la obra de Malevich, Rodchenko y Lissitzky. Y esperamos que te guste tanto como a nosotros.