historia del rojo, mucho más que un color

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El color del bien y del mal, de la vida pero también del peligro, de la valentía aunque a la vez de la prohibición. La historia del rojo es azarosa y apasionante como pocas, es un relato de la cultura humana, de los símbolos y de las creencias. Es, en suma, una narración contradictoria y con constantes giros de guion. Y es también una historia larga, porque pocos tonos han acompañado a los humanos durante tanto tiempo como este. Por eso, más que un color, es el color.

Lo llevamos todos tan adentro que, aunque no nos demos cuenta, es omnipresente en nuestras vidas. En dau al deu es uno de los colores que más nos gusta utilizar cuando hacemos nuestras telas estampadas a mano. Su viveza y riqueza de matices, y su elegancia y versatilidad para combinarlo con otros tonos lo hace imprescindible. Pero cuando dejamos de lado nuestra relación cotidiana con él y nos olvidamos por un momento de nuestras herramientas, nuestros diseños y nuestros bolsos veganos, entonces vemos su carga histórica. Se abre la puerta a un fascinante viaje en el tiempo.

El primer color

Michel Pastoureau (París, 1947), probablemente el historiador más destacado en su campo, recuerda en Breve historia de los colores, que el rojo fue el primero. Era el que se utilizaba en el arte rupestre cuando no existían ni edificaciones ni escritura ni casi humanos. Es cierto que ese lugar privilegiado se debía a que era el pigmento más fácil de producir, pero cuando la humanidad evolucionó este color siguió siendo el rey.

En la Antigüedad, había un sistema cromático ancestral en el que “el blanco representaba lo incoloro, el negro remitía a lo sucio y el rojo era el color, el único digno de este nombre. Su supremacía se impuso en todo Occidente”, resume Pastoureau. Era tan indiscutible, que en latín coloratus y en español colorado sirven para designar, precisamente, esta tonalidad. En ruso, las palabras que significan rojo y bello pertenecen a la misma raíz.

El rojo, símbolo del lujo

En Roma era el color de la guerra y del dios Marte, el símbolo de la virilidad y del poder. Los emperadores lo vestían, aunque no en la versión más abundante sino en la más extremadamente exclusiva. Solo ellos podían teñir sus ropas con una tonalidad de rojo púrpura extraída de un rarísimo molusco del Mediterráneo Oriental. El pigmento era tan precioso que, cuando a principios del siglo XX el químico austriaco Paul Friedländer quiso producirlo con la técnica utilizada miles de años atrás solo consiguió 1,4 gramos, suficientes para tintar… ¡un pañuelo!

Aunque para la Edad Media la fórmula de aquel tinte se había perdido, el rojo siguió siendo sinónimo de poder. A partir del siglo XIII o XIV, el Papa y los cardenales, que hasta entonces habían vestido de blanco, lo adoptaron, oficialmente como símbolo de que estaban dispuestos a derramar su sangre por Jesucristo. Oficiosamente, como señal de su posición en la cúspide de la pirámide política y social. En una de esas paradojas que nos regala la historia, a la vez era también el color del diablo.

La historia del rojo es la historia de un símbolo. En la Antigüedad y la Edad Media representaba el poder, más tarde, la revolución

Pero los humildes lo sentían también como propio, aunque es cierto que en otros matices, materiales y pigmentos. Pastoureau recuerda el cuento de Caperucita Roja, cuyas primeras versiones conocidas datan del siglo XI y que, en su opinión, reproduce el sistema cromático ancestral: una niña vestida de rojo lleva mantequilla blanca a su abuela que viste de negro. El esquema se reprodujo en otros relatos: Blancanieves recibe la manzana por supuesto roja de una bruja vestida de negro.

En aquella época, el tinte de las telas era una actividad muy importante, por lo que estaba fuertemente regulada. En muchas ciudades, los artesanos que se dedicaban a teñir tejidos solo tenían licencia para un color determinado. Como sus trabajos eran muy poco salubres, incluso para los estándares medievales, estaban ubicados lejos del centro. A veces estallaban verdaderas batallas campales entre los de un color y otro, que se acusaban de contaminar las aguas. Afortunadamente para nosotros el tinte o la estampación son hoy menos agitados que entonces.

Llega el competidor

Cuando llegó la Reforma, los protestantes consideraron el rojo un símbolo de un pasado que había que perseguir. Al mismo tiempo, otro competidor, que hasta entonces había sido casi imposible de conseguir, entraba en escena. Era el azul, un pigmento que ahora empezaba a extenderse, aunque a precios prohibitivos y, cómo no, solo al alcance de unos pocos.

En todo el mundo occidental el rojo perdió parte de la preeminencia de la que había gozado desde tiempos inmemoriales. Ni siquiera la sangre de los nobles y monarcas se resistió a este empuje. La sangre azul –la visión violácea de las venas a través de la piel pálida gracias a no estar expuesta al sol– pasó a significar estatus y privilegios.

Rosa y azul

Y como la historia de los colores es también una historia de sexismo, el que hasta entonces había sido símbolo de virilidad, pasó a ser usado más por las mujeres y el azul, el nuevo estandarte del poder, se convirtió en patrimonio de los hombres. No es casualidad, tal como señala Pastoureau, que luego esos dos colores mezclados con el blanco se convirtieran en propios de las niñas –rosa– y de los niños –azul celeste–. Adiós, reyes de rojo; hola, príncipe azul.

¿Y cómo termina ese color de emperadores, cardenales y fábulas siendo un sinónimo del comunismo? El historiador explica que en tiempos de la Revolución Francesa en París se alzaba una bandera roja para señalar que, ante concentraciones prohibidas por la ley, las fuerzas de seguridad podían intervenir para impedirlas. En 1791, en una protesta contra el rey Luis XVI, el alcalde la izó y la represión acabó con la vida de 50 personas que fueron considerados mártires revolucionarios.

Un símbolo revolucionario

Por una de esas piruetas de la historia, el color del represor se convirtió en un símbolo de la insurgencia. Incluso en la revolución de 1848 hubo quienes reivindicaron la bandera roja como emblema de Francia, en lugar de la tricolor. Por eso, no es extraño que los revolucionarios rusos la adoptaran en 1918. Posteriormente lo hizo el comunismo chino, en 1949.

Cada pequeña cosa que hacemos a diario, cada pieza de nuestro mosaico cotidiano arrastra siglos de cultura e historia. En dau al deu, cuando imprimimos nuestros estampados no lo hacemos con ese pensamiento, claro. Pero si reflexionamos nos damos cuenta de que es fascinante saber de dónde venimos y de la riqueza de lo que nos rodea. Y en el caso de la historia del color rojo, que un tono es más cosas que el branding de unos refrescos o un distintivo de coches deportivos.